Paula de la Hoz

Redteam en Telefonica Ingeniería de Seguridad, presidenta y co-fundadora de Interferencias. Investigación sobre electrónica, ciberseguridad y privacidad.

Vivimos con el ruido constante de la información, de todo tipo. Consumimos noticias y opiniones en todas sus formas a una velocidad que deja poco espacio a la discrepancia o en general a la reflexión. Es fácil en el mundo digital que nos hemos labrado en pocos años, rodearnos de aquellas ideas que ya nos han convencido, sean o no verdaderas. Escuchar, pausadamente y ser escuchado en las redes requiere adaptarse a un ritmo que no siempre es posible para transmitir un mensaje; Internet es el medio que da voz y recursos a la más recóndita de sus usuarias, pero eso no asegura que alguien lo escuche.

Una protesta que nos permita construir sobre ella pasa por la comprensión y abstracción de la información, y aunque hasta una protesta sobre un post-it es legítima, una protesta que haga uso de los recursos digitales (no por ello en la dinámica de lo inmediato que tanto se usa en las redes) puede tener el impacto que corresponde a esta era. Propongo entonces el tipo de revolución que Camus define: “una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico” [1]. Quejas y críticas de todo tipo se han visto reflejadas en las distintas redes sociales, algunas incluso han dado la sensación de que un pequeño gesto de dedo sobre un botón de “compartir” nos coloca en la linea de frente de una lucha. Existe la posibilidad de que los likes y la parafernalia de las redes nos infundan la falsa sensación de una solemne victoria. La mayoría de las redes sociales están diseñadas para cercarnos en una burbuja de ideas compatibles, nos apetece entrar en nuestras redes a confirmar lo que ya sabemos e interactuar con lo que nos atrae. Nuestra entidad digital (que bien puede traducirse a una colección de datos) no es más que la cosecha de las empresas detrás de las redes, por lo que mantenernos contentos y satisfechos incluso en nuestra ansia reivindicativa: es un movimiento más que nos perfila. Pero una de las características más preocupantes de las redes sociales en cuanto a la redacción de una crítica constructiva y con peso es lo escueto de su forma. Las limitaciones comunicativas de las redes sociales harían temblar a Orwell, el cual criticaba la falta de contexto y cuidado para transmitir ideas, el olvidar que las palabras tienen un significado [2]. ¿Hemos olvidado que las palabras tienen significado? A veces si nuestra fuente de información carece de imágenes, gifs, enlaces y memes, se nos hace tedioso procesarlo. E igualmente si nos vemos con ánimos de prestarle atención, la media de tiempo dedicado será de unos pocos segundos a unos breves minutos, y quizás mucho menos para olvidarlo. Y no es que nos hayamos vuelto especialmente descuidados u olvidadizos, es que tanta información como la que las redes pretenden que fagocitemos se nos haría imposible con una reflexión más exhaustiva.

Pero el uso de las redes es optativo, nadie nos apunta con una pistola y nos obliga a comprobar nuestras notificaciones cada mañana en condiciones normales. Nuestras opciones digitales son, en principio, bastante abiertas. Siempre que consideremos abierto el prácticamente obligatorio uso de sistemas que recogen nuestros datos, instalan tecnologías que no hemos acordado y juegan con la flexibilidad del lenguaje (o simplemente con nuestra pereza) para hacernos firmar acuerdos y condiciones de uso que no podemos comprender. Pero aceptemos que dentro de este acotado horizonte, seguimos teniendo un amplio abanico de opciones en lo que a servicios se refiere. Ninguna ley nos obliga a inscribirnos a Facebook, Instagram, o Twitter, solo es un proceso sencillo, al igual que su consumo. En el que surgieron empresas como Google o Amazon, que vieron el potencial de internet como modelo de empresa, había una comunidad que ya poblaba Internet y comprendía en parte este potencial, pero estaba motivada por la curiosidad.

No es casualidad que al mismo tiempo que las empresas empezaron a asentar raíces en Internet esta comunidad de usuarias y programadores crease manifiestos, herramientas y recursos para proteger un uso más desinteresado y libre de Internet. El concepto del software libre surgió bajo estas condiciones, con la idea de preservar un uso desinteresado y a la vez constructivo de la red; fue de algún modo una revolución digital. El software libre recoge un acuerdo legal e ideológico [3] mediante el cual se pretende mejorar de forma constante en el tiempo a través de la transparencia y la horizontalidad para aportar contenido. Esta ideología ha sido fuertemente arraigada en varios grupos de informática, pero no está acotada al lobby técnico, pretende ser un modo de vida que pueda adoptarse como usuario. De hecho, pretende difuminar la barrera entre programadores y usuarios, compartiendo conocimiento de todo tipo y contagiando esa curiosidad y espíritu DIY (do it yourself) que le acompaña. Y esta es la clave que caracteriza aquellas plataformas y herramientas que han sido creadas bajo el paraguas del software libre: su falta de paternalismo hacia el usuario. Un usuario de servicios libres puede decidir quedarse con lo más simple o indagar y aportar algo más, pero en ningún momento se presupone que esto no es una posibilidad; uno es parte de algo en la medida que quiera serlo. Una usuaria de Mastodon, la alternativa libre de Twitter, puede elegir ser una usuaria como lo sería en Twitter, puede elegir ser un nodo y por lo tanto aportar un servidor y formar una pequeña comunidad o puede decidir aportar, si puede, al código que hace funcionar todo el servicio. Sólo el hecho de que esto sea una posibilidad, hace a la usuaria participe de una forma mucho más consciente de la plataforma y, aunque quizás la forma del contenido pueda ser parecida, no lo es la intención, y por lo tanto tampoco lo es el mensaje. Si reivindicamos sobre la libertad de expresión, acompañarlo con la acción de usar una plataforma creada bajo los términos de libertad del software proporciona coherencia al mensaje.

Recuperando el espíritu inicial del artículo, una revolución actual no puede obviar el plano digital por el peso que irremediablemente tiene en la sociedad. Aceptando esta última parte, la negación que podemos aportar sin software libre tiene una importante incoherencia y por lo tanto no construye, solo señala y es efímero. No puede construirse un cambio si no hay acciones, incluyendo la acción de aportar valor a las palabras a través del medio. El que empieza a curiosear sobre la crítica y el activismo digital se encontrará de frente con ejemplos como lo son Wikileaks y principalmente la aportación de Julian Assange o las filtraciones de Edward Snowden, entre otras cosas. Dejando a un lado el juicio sobre sus acciones, son recordadas y han trascendido a la naturaleza efímera de Internet. Ambos han lanzado un mensaje con acciones que tienen entidad en su contexto, de una forma que no se ha hecho antes o no con la misma relevancia. Assange se vio influenciado por la cultura de cypherpunks [4], un grupo de jóvenes habilidosos con la tecnología entre cuyos miembros había gente de todo tipo, pero a los cuales les unía la necesidad de comprender cómo utilizar la incipiente tecnología para crear (o romper) cosas. Snowden explica cómo se sintió al ver el poder de la información en el mundo y hasta donde podía llegar, desde la vez que conoció físicamente a una persona que hasta entonces solo era un alias digital en su vida hasta su decisión final de golpear a la NSA desde dentro [5]. De un modo u otro, ambos conocían la tecnología a un nivel que les permitió expresar una idea y crear un cambio en base a ese conocimiento.

Hay una trampa en todo esto, una trampa que se hace muy obvia en el momento que pisamos cualquier reunión de seguidores del software libre, y es que si tan sólo se alcanza a ese lobby, se está obviando la realidad. Existe una clara falta de recursos por la comunidad de software libre para hacer sus servicios más accesibles, y aunque esa brecha sea cada vez menos grande, sigue existiendo. No sólo por aquellas que quieran hablar, sino por aquellas que escucharán, el software libre tiene la responsabilidad como comunidad de avanzar para que siga teniendo el sentido en el mundo. Existe además otro problema mucho menos analizado en la comunidad, y es la falta de un porcentaje aceptable de presencia femenina en estos círculos; la comunidad feminista es una de las más activas y comprometidas con el cambio social desde años antes de la aparición de Internet, y aunque cada vez más la comunidad de software libre está atenta ante las conductas machistas, no se nutre de la fuerza del movimiento feminista para salir adelante, puesto que sus detractoras y portavoces no suelen tener cabida en sus asambleas. Este problema es cíclico, puesto que si las comunidades feministas de más fuerza están faltas de recursos libres, tienen un problema de base a la hora de comunicar su mensaje en Internet. El trabajo y los puntos a tener en cuenta para rebelarse con coherencia en la era digital son muchos y muy variados pero no deben ser ignorados si no queremos perder uno de los recursos más poderosos que se nos ha brindado: Internet.

La tecnología, como muchas otras disciplinas, tienen sentido en cuanto son de utilidad para otras áreas, la informática que se cierra a la multidisciplinariedad no es pragmática ni tiene sentido en el mundo. Dejar la causa de Internet bajo responsabilidad puramente técnica solo genera endogamia académica y estanca nuestros recursos. La fuerza de Internet está en su variedad y libertad, las usuarias deben formar parte de su desarrollo como lo hicieron en sus inicios para continuar avanzando sin la incondicional dependencia del consumismo. Como las primeras voces que conformaron la red expresaron en diversos manifiestos y ensayos [6], en el momento en que Internet, en el momento en que Internet deja de ser de las usuarias para ser un producto explotable por compañías de todo tipo, pierde su esencia y se convierte en una insípida imitación de lo que es, controlada y gestionada por intereses centralizados. Si eso ocurre, este artículo y en general el discurso de todas las defensoras de la libertad de contenido en Internet perderá sentido, pues ya no será un medio coherente para la crítica libre. El software libre es el último bastión que nos permitirá hablar y construir en Internet cuando nuestro discurso no pueda ser un producto.


  1. El hombre rebelde, Camus
  2. Propaganda y lenguaje popular, George Orwell
  3. What is free software?, FSF https://www.gnu.org/philosophy/free-sw.en.html
  4. Cypherpunks: La libertad y el futuro de Internet, Julian Assange
  5. Vigilancia permanente, Edward Snowden
  6. La ética hacker y el espíritu de la era de la información se escribió en los noventa con esta intención, es un ensayo que pretende referenciar y a veces incluso con sátira a la obra de Weber “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” pero tratando las cuestiones éticas de un incipiente Internet

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